En tiempos en que el radicalismo debate qué ser, a quién aliarse y qué ideas defender, a sus dirigentes les sería útil volver a las fuentes.
La primera vez que Raúl Alfonsín estuvo en Trelew fue en plena dictadura, el 21 de octubre de 1976. Fue en ocasión del sepelio de Mario Abel Amaya. «Venimos, pues, a despedir a este amigo entrañable, a este correligionario extraordinario y a este hombre calumniado. Algún día una calle de esta ciudad llevará su nombre, porque su lucha se realizará y fructificará» dijo un Alfonsín de 49 años ese día. Pronosticó que los matadores de Amaya irían presos. No fue una calle sino un barrio entero. Ambas profecías se cumplieron.
Ese día, entre los asistentes al sepelio de Amaya había adolescentes del Colegio Nacional, donde Amaya había sido profesor. Y varios jóvenes radicales. Uno de ellos era Mario Cimadevilla, hoy uno de los históricos de la UCR, ex senador nacional, ex diputado, y ex presidente del partido.
Hubo toda una generación de dirigentes chubutenses que aun con sus internas en el medio cultivaron una gran relación y amistad con Alfonsín, entre ellos José Sáez, Hipólito Solari Yrigoyen, Santiago «Chiche» López, el propio Cimadevilla, Alfredo García, Carlos Maestro, entre muchos otros.
La semana pasada, el martes 31, se cumplieron 17 años de la muerte de Alfonsín a sus 82 años. El padre de la democracia moderna argentina. Del disenso y del respeto.
Raúl Alfonsín fue un gran amigo de Trelew, de Chubut, amante de la Patagonia. Soñó incluso con mudar la Capital Federal a Viedma.
Vino varias veces luego de la muerte de Amaya. En la campaña interna por la candidatura presidencial del ’83 estuvo en Trelew, luego ya candidato en Puerto Madryn.
Como presidente lo hizo en 1986 en ocasión del centenario de Trelew, y a principios de los noventa, estuvo en la ciudad, visitó diario EL CHUBUT y dio una charla política en nuestro Salón Azul.
A 17 años de su muerte, los radicales que lo recordaron no fueron muchos. Bien les vendría a muchos militantes de hoy, recordar los discursos de Alfonsín antes y en su presidencia, y aún después.
Fue durante la presidencia de Alfonsín que el país vivió la famosa asonada militar de los «carapintadas» liderados por Aldo Rico en 1987. Aquí aún gobernaba el radical Atilio Viglione. La gente se congregó en la Plaza Independencia a esperar la solución al conflicto, o el golpe. Estaban tomadas las UNPSJB y varias escuelas. El domingo de Pascuas con el país en vilo, Alfonsín dijo aquello de «¡La casa está en orden… Y no hay sangre en la República Argentina!» y pidió a la gente que vuelvan a sus casas a festejar la Pascua en paz. El presidente estaba flanqueado, entre otros, por los peronistas Italo Luder y Antonio Cafiero. Alfonsín ya era el principal custodio de la democracia. Ese día, cuando paró el golpe, se convirtió en padre.
Meses después, en Chubut, la fórmula Manuel Migliaro-Chiche López que había derrotado a Carlos Maestro-Cristina Novelli en una interna durísima, perdería la provincia contra la fórmula peronista Néstor Perl-Fernando Cosentino. La democracia siguió andando. A los tumbos.




